Generaciones, tiempos y libros. Por: Felipe Solarte Nates

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Lo veía con frecuencia cuando el sol amainaba, parado en la puerta de su casa, al igual que
tantos longevos como los que pronto quizá seremos, que desde una silla de ruedas o en medio
de las rejas de una ventana, al lado de su fiel mascota, buscan un pretexto para sentir que
están vivos, contagiándose del frenético bullicio de la ciudad cada vez más motorizada y al ver
pasar caras que no conocen, pues hace muchos años tienen más amigos en el cementerio que
en la ciudad antigua, que para él, su padre y abuelos, era un espejismo de recuerdos ligados a
la restauración de los pasos cargados por varias generaciones de ‘patojos’ en innumerables
Semanas santas; y que al igual que tantos sitios, como el café Alcázar, el hotel Limbergh y
muchos otros fueron revolcados por el terremoto de 1983; y a veces, en los lugares y
momentos más inesperados, son despertados por esas caprichosas asociaciones de la
memoria, que en los sueños, al encontrar una amarillenta y ajada foto, o un viejo instrumento
del trabajo que se dejó de ejercer hace años, nos topamos en un rincón del cuarto de los
chécheres, o en el cajón de “esas pequeñas cosas”, como canta Serrat.


Por una humana y poética semblanza que sobre él había publicado Grace Patricia Gallego, en
El Nuevo Liberal, supe que se llamaba Luis Carlos Durán, vástago de varias generaciones de
expertos carpinteros y ebanistas especializados en la construcción y reparación de las piezas
que ensamblan los pasos de la Semana Santa y que con su trabajo había educado a siete hijos,
todos profesionales.
Con su partida sentí que cada vez se difumina más esa vieja ciudad enmarcada en las
cuadriculas del centro histórico, donde convivían los descendientes de los detentadores de las
riquezas y el poder con las cohortes de curas, misioneros y monjas, los caballos y mulas, los
burócratas a los que habían recomendado, con los artesanos de diversos oficios que les
prestaban sus servicios, con las ñapangas que además de las artesanías y apetitosos viandas
les brindaban otros entretenimientos, al igual que las indígenas y negras desarraigadas de sus
latifundios para dedicarlas al servicio doméstico.
Era el Popayán como una réplica familiar del Santafé de Bogotá exvirreinal de sus parientes
cachacos luciendo vestidos oscuros, sombrero y sombrilla; la ciudad lluviosa de campanarios
activos, misas en latín, música religiosa en las emisoras durante los días sacros y las mujeres
con faldas largas y pañoletas cubriendo sus cabezas.


Era la Popayán, que desde 1908, cuando fueron escindidos los departamentos de Nariño y
Valle del Cauca, ya había sufrido las consecuencias económicas, políticas y mentales de la
desmembración de lo que fue el Estado Soberano del Cauca, que abarcaba la tercera parte de
Colombia, y sus habitantes imbuidos de nostalgia por los gloriosos tiempos idos, como el pobre
que alguna vez fue rico, desde las conversaciones improvisadas en las esquinas, en las bancas
del parque Caldas, o en algún café de los que se esfumaron en el centro de la ciudad, se
aferraban al recuerdo de las peleas familiares y políticas de caudillos como Obando, Mosquera
y Arboleda, y a los versos de sus poetas encabezados por el maestro Valencia, o a evocar sus
año de prosperidad, en medio de largas tertulias al ritmo del tiempo detenido de la
emblemática torre del Reloj, donde no faltaban las graciosas anécdotas y chismes narrados